segunda-feira, 27 de agosto de 2012

Julio Cortázar a 98 años de su nacimiento: Genialidad totalizante



El espíritu libre de Julio Cortázar derivó su obra en las diferentes direcciones de los géneros narrativos. El reconocido crítico Ricardo González Vigil nos da un panorama de su legado

  
Ricardo González Vigil – Miembro de la Academia Peruana de la Lengua – El Comercio

Julio Cortázar (1914-1984) pertenece a la generación de escritores argentinos que se dieron a conocer a fines de los años 30 y durante los 40. Una hornada con grandes narradores: Ernesto Sábato (1911-2011), Manuel Mujica Láinez (1910-1984), Adolfo Bioy Casares (1914-1999) y Silvina Ocampo (1906-1993), señaladamente.

LEGADO ARGENTINO
Sábato se nutrió de la problematización existencial de Roberto Arlt y Eduardo Mallea, así como de la crítica histórico-social enarbolada por el grupo Boedo; y Bioy Casares y Ocampo adoptaron el refinamiento imaginativo y el horizonte cosmopolita del grupo Florida, bajo la órbita de Jorge Luis Borges y la revista “Sur”. En cambio, Cortázar, con mayor complejidad y apertura que Mujica Láinez (se inclina más por Borges-Florisa que por Arlt-Boedo), acogió todo el legado narrativo argentino: el esmero estilístico y el ingenio fantástico de Borges, la angustia existencial y la valoración de la locura y el lumpen-“clochard” de Arlt, junto con la orientación marxista de Boedo, sin desdeñar el radicalismo experimental y el juego metaliterario (la literatura que habla de literatura) de dos autores marginales: Macedonio Fernández y Leopoldo Marechal en su magistral novela “Adán Buenosayres” (1948).

MODERNIDAD PLURAL
Agréguese que, con más decisión que todos ellos, asumió el aliento innovador de la modernidad literaria, desde sus fuentes románticas (recordemos que tradujo a Poe y estudió a John Keats) y simbolistas, hasta las propuestas vanguardistas, en particular el surrealismo. De otro lado, coincidiendo con la modernidad plural del mexicano Octavio Paz, bebió de la espiritualidad oriental: el budismo zen, el hinduismo y el taoísmo.

TODOS LOS GÉNEROS
Su espíritu abierto lo impulsó a cultivar todos los géneros literarios: el cuento, se coronó como uno de los dos más grandes cuentistas del idioma español, en compañía de Borges; la novela, plasmó uno de los climas de la novelística latinoamericana: “Rayuela”); la poesía, digna de relieve; el ensayo, brillante y esclarecedor; y el texto dramático. Más aún, se complació en dinamitar los límites entre los géneros establecidos: las misceláneas “La vuelta al día en ochenta mundos” y “Último round”; los textos brevísimos, inclasificables, de “Historias de cronopios y de famas”; la antinovela sin texto fijo: “Rayuela”; los efectos letristas y concretistas de sus poemas emancipados del verso; etc.

PROTAGONISTA DEL ‘BOOM’
Ese espíritu abierto, sumado a su rostro perpetuamente juvenil y su entusiasmo por la Revolución Cubana (que no sedujo a Sábato, Mujica Láinez, Bioy Casares ni Ocampo) le permitieron conformar el póquer de ases del ‘boom’ de la novela hispanoamericana (1960-1972) con escritores de la generación siguiente: Mario Vargas Llosa (22 años menor que él), Carlos Fuentes (1928-2012) y Gabriel García Márquez (1927).

Con una fórmula condensó la postura del ‘boom’ que apoyaba la Revolución Cubana sin tornar a la literatura un instrumento proselitista: la meta era ser el ‘Che Guevara de la literatura’. Es decir: si el guerrillero se propuso modificar la infraestructura económica y política (el ‘ser social’, en términos marxistas); le correspondía a los creadores literarios revolucionar el lenguaje y la imaginación (la ‘conciencia social’), escribiendo en total libertad y seguir las necesidades expresivas en gran parte inconscientes (lecciones del surrealismo y el compromiso según Sartre).

“RAYUELA”: NOVELA TOTAL
El designio del ‘boom’ de abarcar todos los niveles de la realidad y explorar todos los recursos del lenguaje tejiendo una “novela total” (así la llama Vargas Llosa) alcanzó una de sus realizaciones supremas en “Rayuela” en 1963.

Posee una dimensión realista: el lado de allá (París) y el lado de acá (Buenos Aires) plantean la tensión entre lo europeo-occidental y lo criollo-indoamericano. Alcanzar el centro del mandala o conquistar la casilla superior (cielo) del juego de la rayuela (en el Perú se lo denomina mundo) equivale al tao que sintetiza el yin y el yang, el norte y el sur, lo europeo-occidental y lo americano.

Sin embargo, evita el realismo consabido, propicia lo insólito, lo mágico y lo fantástico. En el terreno verbal, la Maga inventa un lenguaje lúdico de sonoridad mágica e infantil: el glíglico. Otro componente es lo que, en la novela “Los premios” (1960), Cortázar denominó “figuras”: nexos entre los personajes que los revela como desdoblamientos o seres complementarios; así, Horacio es a Traveler, como la Maga a Talita. Nótese la ambigüedad fantástica: Horacio se vuelve un “clochard” en París, pero también se suicida en Buenos Aires, aunque en otro capítulo logra Talita impedir el suicidio, haciéndonos recordar a Borges con sus secuencias que se bifurcan.

Hay un nivel más: el metaliterario, desplegado en varios capítulos, sobre todo los “Capítulos Prescindibles”. Las ideas sobre la antinovela, la novela-mandala, el lector-macho, etc., concuerdan con el deseo de ser el ‘Che Guevara de la literatura’, a tal punto que no hay un texto único, sino que recomienda leer el libro saltando (como en el juego de la rayuela) de un capítulo a otro, invitando a explorar todas las combinaciones posibles.


Os Sonetos de Walter Benjamin




68

Como o coral alastra a sua morte
a arder em árvore púrpura no seio
do mar com a temente alma no meio
dos braços rubros presa do mais forte

Com beijo amargo de ruína veio
a ameaça Ela faz voto de sorte
que acre tormento a tal mando suporte
e é-lhe paga final final receio

Medida no festim desesperado
na turvação lembra a doçura amena
bebe o Lethes do tempo perturbado

qual dando eternidade em mão serena
dota a alma e a herança distribui
O ser simples de quem recusa flui.


 Walter Benjamin

Os Sonetos de Walter Benjamin. Tradução de Vasco Graça Moura. Campo das Letras, 1999, p.153


‎*O homem é um organismo prático, vivendo com uma multiplicidade de organismos similares num campo de escassez. Mas esta escassez é uma força negativa que define cada homem e cada multiplicidade parcial como realidades humanas e inumanas ao mesmo tempo.*

(Razão e Violênca - ''O indivíduo numa sociedade de classes'')


‎"Para a maioria de nós e durante a maior parte do tempo, o mundo da experiência cotidiana surge como sombrio e monótono. Mas há um pequeno número de pessoas a quem acontece com frequência ( e um número bastante maior a quem acontece uma vez ou outra) que alguma coisa do brilho característico da experiência visionária, por assim dizer, se derrame sobre o seu ver habitual transfigurando o universo cotidiano''

(Aldous Huxley - O Céu e o Inferno)

segunda-feira, 20 de agosto de 2012


. ''L'uomo é gregario, e ricerca più o meno consapevolmente la vicinanza non già del suo prossimo generico, ma solo di chi condivide le sue convinzioni profonde [o la sua mancanza di tali convinzioni.]''

Primo Levi

quinta-feira, 9 de agosto de 2012

La noche



Eduardo Galeano – El Libro de los Abrazos

1

No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta.

2

Arránqueme, señora, las ropas y las dudas. Desnúdeme, desdúdeme.

3

Yo me duermo a la orilla de una mujer: yo me duermo a la orilla de un abismo.

4

Me desprendo del abrazo, salgo a la calle.
En el cielo, ya clareando, se dibuja, finita, la luna.
La luna tiene dos noches de edad.
Yo, una.

Sexo, conflito e tensão



05 de agosto de 2012

LEE SIEGEL – O Estado de S.Paulo

NOVA JERSEY – Cinquenta Tons de Cinza é um livro a respeito do relacionamento sadomasoquista entre uma universitária inocente e um jovem e lindo bilionário, que a convida para partilhar os prazeres do sexo na sua “sala vermelha da dor”. A obra causou sensação nos Estados Unidos, vendendo centenas de milhares de exemplares no formato eletrônico e no impresso. Praticamente todos aqueles que ganham a vida escrevendo já apresentaram sua opinião do livro – na verdade, todas as escritoras o fizeram. Os escritores parecem querer distância dele.

Tentei ler o livro e tive de abandoná-lo quando cheguei à parte em que o protagonista, Christian Grey, faz sexo violento com a jovem e virginal Anastasia. Como em toda a pornografia, o trecho mais parecia uma lista de instruções para a correta organização de uma mesa de cartas. Quanto mais explícitos são os textos sobre o sexo, mais constrangedora é a sua leitura. O trecho mais erótico de toda a literatura é do grande romance de Gustave Flaubert, Madame Bovary, escrito no século 19, quando Emma Bovary viaja de carruagem com seu amante, Rodolphe. Flaubert jamais descreve o encontro sexual, o que o torna muito mais tórrido.

A esta altura, dúzias de comentaristas destacaram as semelhanças entre Cinquenta Tons de Cinza – escrito por uma ex-executiva da televisão britânica chamada E.L. James – e romances góticos como Jane Eyre, bem como a popular série de romances vampirescos Crepúsculo. Mas ninguém explorou a dinâmica entre o bilionário e sua presa. Ninguém indagou se Anastasia permitiria que o caixa de uma livraria ou um mecânico de carros a espancasse, machucasse e torturasse sexualmente. Em vez de fugir de um homem claramente perturbado e insano, ela fica ao lado dele, tentando transformá-lo num amante terno e cheio de consideração.

Assim, nestes EUA que têm mais bilionários do que qualquer outro país do mundo, nestes EUA onde a distância entre ricos e pobres aumenta a um ritmo alarmante, nestes EUA onde uma oligarquia é cada vez mais a dona do país – neste lugar que se torna cada vez mais estranho para aqueles que, como nós, o amam, a obra de ficção mais popular no mercado é, literalmente, sobre uma mulher que submete sua dignidade e a própria alma ao fato bruto da riqueza e do poder.

Os rituais do sadomasoquismo me parecem se encaixar perfeitamente numa cultura que está se tornando dominada quase que exclusivamente pelos valores de mercado. Não estou julgando ninguém – aquilo que é de consentimento mútuo entre duas pessoas no reino do prazer não deve ser da conta de nenhuma outra pessoa, e Deus sabe que todos precisamos do prazer para sobreviver. Quero apenas destacar, com aquilo que espero ser uma neutralidade antropológica, que o sexo sadomasoquista é o sexo mais quantificável que se pode ter. Assim como ocorre numa permuta altamente estruturada, não há surpresas. Todos os componentes são apresentados previamente. A fórmula subjacente é clara: Dor = Prazer. Prazer é divisível pela dor. Dor multiplicada por duas chicotadas, uma torção e um pisão = prazer.

Se o sexo é, entre outras coisas, uma incalculável sublimação do estresse, do conflito e da tensão na forma do prazer, então – na minha concepção – o sexo sadomasoquista é uma dessublimação do prazer sexual diretamente de volta ao reino do estresse, do conflito e da tensão. Se o sexo é, ao lado da arte e do brincar, o grande domínio da liberdade humana no qual podemos nos refugiar do estresse, do conflito e da tensão do mercado, então o sexo sadomasoquista é um retorno ao mercado. Somente os muito ricos, que talvez anseiem pelo conflito diário como apenas outra diversão, podem vivenciar o ritual sadomasoquista como uma fuga. Para todos os demais, este sexo traz apenas aquilo que temos no nosso dia a dia.

E por baixo das permutas sadomasoquistas entre Christian Grey e Anastasia está, é claro, a permuta mais antiga de todas. Anastasia oferece sexo a Grey, e ele concede a ela os benefícios do seu poder. Nos velhos tempos, isso significaria joias, roupas e, quem sabe, um apartamento, e as pessoas teriam lido isso e enrolado a língua em sinal de reprovação, compartilhando entre si também uma piscadela, já que, num certo nível, é assim que o mundo funciona, e isso consiste num elemento essencial da tríade amor, casamento e filhos. Mas, além de comprar para a jovem um bracelete de platina e diamantes para cobrir as marcas no pulso dela, Grey não dá a Anastasia nada que tenha valor material. Em vez disso, ele a espanca e machuca e simula com ela violações anais. E os leitores estão comprando o livro aos montes.


Vidal de A a Z


Memória

Um genial ensaísta, mas franco demais na ficção

Associated Press

Gore Vidal, emfoto de 1977, mostra seu romance “Myron”, lançado três anos antes

RESUMO

Ele amava os Kennedy, detestava Truman Capote e dizia já ter dormido com mil homens e mulheres antes dos 25. De A a Z, um percurso pelo pensamento do intelectual que agitou os fatos e a ficção do século 20 e que, morto no dia 1º, deixou uma irônica imagem não só dos EUA, mas também da alta e da baixa cultura.

STUART JEFFRIES e STEPHEN MOSS – FOLHA SP

TRADUÇÃO CLARA ALLAIN

A DE AMÉRICA Gore Vidal descreveu sua pátria como os Estados Unidos da Amnésia. Denunciou o que via como traição aos princípios fundadores da nação. “Os EUA foram fundados pelas pessoas mais inteligentes do país, e desde então nunca mais as vimos.” Tinha pouco apreço pelo cargo de presidente, pelo menos quando não era ocupado por um Kennedy. “Qualquer americano que se disponha a concorrer à Presidência deveria automaticamente ser desqualificado como candidato.”

B DE BUSH Não é surpreendente que detestasse George W. Bush. Vidal disse que os ataques do 11 de Setembro ocorreram porque o governo foi “incompetente”, e o próprio Bush, “inativo e inoportuno”.

A revista “Vanity Fair” se recusou a publicar um ensaio dele sobre os ataques. Em outro, no jornal britânico “The Independent”, comparou o 11/9 a Pearl Harbour, argumentando que os presidentes Roosevelt e Bush sabiam dos ataques de antemão e tiraram proveito deles.

C DE CAPOTE Nem todos os alvos de Vidal eram políticos. Ele teve uma longa escaramuça com o escritor Truman Capote. É possível que Capote tenha começado, ao dizer que Vidal tinha sido expulso da Casa Branca por brigar, bêbado, com a mãe de Jackie Kennedy.

Vidal processou Capote por calúnia e eles trocaram insultos no tribunal. Vidal sugeriu que Capote tinha “elevado a mentira à condição de arte -uma arte menor”. Capote retrucou: “Sempre fico triste quando penso em Gore. Triste por ele respirar todo dia”. Os dois fecharam acordo extrajudicial, mas a desavença continuou. Depois de Capote morrer, em 1984, Vidal disse que sua carreira tinha sido “uma boa iniciativa profissional”.

D DE DEMOCRACIA Vidal era cético em relação à democracia em geral (”Parece que um país democrático é um lugar onde são realizadas muitas eleições, a um custo alto, sem discutir questões substantivas e com candidatos intercambiáveis”) e a sua encarnação americana em especial (”De quatro em quatro anos, a metade ingênua [da população] que vota é incentivada a acreditar que, se pudermos eleger alguém simpático, tudo ficará bem. Mas não ficará.”).

E DE ENSAIO Vidal foi melhor ensaísta do que romancista. Martin Amis, que tem pouca paciência com o romancista, reconhece a glória de seus ensaios: “[Neles, Vidal] é erudito, divertido e perspicaz. Até os pontos cegos são esclarecedores”. O dramaturgo David Hare disse que Vidal “não tinha nem sequer um osso ficcional”, mas era um “ensaísta genial”.

Vidal era franco demais, excessivamente apegado às suas opiniões para ser um grande ficcionista, que precisa representar diversos pontos de vista. A coletânea de 1993, “United States: Essays 1952-1992″ é um compêndio majestoso que mapeia não só sua vida bombástica, mas a cultura e política do país que ele amava e odiava.

F DE FELLINI Vidal adorava fazer pontas no cinema e na TV. Certa vez, apareceu como simulacro de si mesmo em “Os Simpsons”, ao lado de Tom Wolfe, Michael Chabon, John Updike e outros; também representou a si mesmo em “Family Guy” e viveu um senador no filme “Bob Roberts”, de Tim Robbins. Atuou na ficção científica “Gattaca”, de 1997. Sua aparição final no cinema foi como apresentador de um “talk show” em “Shrink”, de 2009. A ponta mais importante talvez tenha sido em 1972, em “Roma”, do amigo Federico Fellini.

G DE GORE “Sou como aparento ser”, ele disse certa vez. “Por baixo de minha fachada fria, se você quebrar o gelo, vai encontrar água fria.” O romancista e amigo Italo Calvino insistia em que Vidal não tinha inconsciente. Vidal satirizou a monstruosidade de sua própria vaidade. “No íntimo, sou um propagandista, um tremendo de um turrão, certo de que não existe problema que não possa ser resolvido se as pessoas fizerem o que aconselho”, disse ele ao jornal “The Guardian” em 2005.

H DE HOMOSSEXUALISMO “Não há homossexual ou heterossexual”, disse. “Há atos homo ou hetero. A maioria das pessoas é uma mistura de impulsos, mesmo que não seja uma mistura de práticas.” Em suas memórias, “Palimpsesto”, afirmou que aos 25 já tinha tido mais de mil encontros sexuais com homens e mulheres, tendendo mais ao que chamava de “sexo com o mesmo sexo”.

I DE ITÁLIA Vidal viveu por anos retirado no alto de uma montanha em Ravello, na costa amalfitana, até que sua saúde o impediu de caminhar pelas colinas. Em 2003, mudou-se para Hollywood Hills, em Los Angeles.

J DE JACK KEROUAC Vidal dizia ter tido um caso com o autor beat. Em “Palimpsesto”, recorda ter descoberto, “para meu espanto”, que Kerouac era circuncidado. Foi Capote, não Vidal, quem cunhou a frase mais ferina sobre a obra de Kerouac: “Isso não é escrever, é datilografar”.

K DE KENNEDY Vidal não se cansava de falar dos amigos famosos. Seus dois livros de memórias -”Palimpsesto” e “Point to Point Navigation”, de 2006- descrevem a amizade com a primeira-dama Eleanor Roosevelt, a princesa Margaret e o maestro Leonard Bernstein. Era amigo de John Kennedy e parente de Jackie. “É sempre delicado”, escreveu, “quando um amigo ou conhecido vira presidente.”

L DE LOVE “O amor não é o meu negócio”, insistia. Mas viveu por 53 anos com o publicitário Howard Austen. A chave da relação, disse várias vezes, foi nunca dormirem juntos. Austen foi sepultado no cemitério de Rockcreek, em Washington, em 2003. Vidal disse que queria suas cinzas perto do companheiro. “Dividimos um lote no cemitério, e estarei lá”, disse Vidal. “Ansioso por revê-lo.”

M DE MAILER Vidal e o escritor Norman Mailer tiveram uma rixa literária. Mailer deu-lhe um soco numa festa, levando Vidal a retorquir: “Mais uma vez faltam palavras a Norman”. Mailer também teria dado uma cabeçada nele antes de um programa de TV, depois de Vidal o ter comparado ao infame assassino Charles Manson.

N DE NARRATIVA Vidal escreveu 25 romances. O terceiro, “A Cidade e o Pilar”, de 1948, história de um jovem belo e atlético que sai do armário, foi colocado numa lista negra, Vidal alegaria mais tarde. “Vendi 1 milhão de exemplares e isso trouxe angústia ao ‘New York Times’.” O ostracismo do livro tornou tão difícil ter suas obras resenhadas que assumiu o pseudônimo Edgar Box numa série de romances policiais.

Deixou os romances de lado por um tempo. Em 1956, a MGM o contratou. Ele ajudou a reescrever o roteiro de “Ben Hur”, embora não figure nos créditos. Também escreveu a adaptação da peça “De Repente, no Último Verão”, do amigo Tennessee Williams. Nos anos 60, voltou a escrever ficção, com best-sellers: “Julian” (1964), sobre o imperador romano que quis restaurar o paganismo; “Washington, DC” (1967), a primeira de suas crônicas ficcionais da história americana, e “Myra Breckinridge” (1968).

O DE OKLAHOMA Vidal criou um elo incomum com o autor do ataque em Oklahoma City, Timothy McVeigh. Depois do artigo de 1998 na “Vanity Fair” em que afirma que a Carta dos Direitos dos EUA fora rasgada, os dois trocaram cartas e a amizade inspirou a peça “Terre Haute”, de Edmund White. “Ele é inteligente. Não é louco”, disse Vidal sobre McVeigh. Em “Perpetual War for Perpetual Peace”, Vidal diz que tanto os atentados de Oklahoma como os do 11 de Setembro foram provocados por “agressões insensatas do nosso governo a outras sociedades”.

P DE POLÍTICA Vidal candidatou-se a cargos eletivos duas vezes: ao Congresso Americano, em 1960, pelo Estado de Nova York, e ao Senado, na Califórnia, em 1982. Perdeu ambas, mas em 1960 obteve mais votos que qualquer democrata no distrito em 50 anos.

Q DE QUEER [VEADO] Nos anos 1960, o colunista conservador William F. Buckley chamou Vidal de “veado” na TV. Buckley comparava os manifestantes contra a Guerra do Vietnã a nazistas. Vidal retrucou: “O único pró ou criptonazista que me vem à mente é você”. “Ouça aqui, seu veado”, disse Buckley. “Pare de me chamar de criptonazista ou lhe dou um soco. Estive na infantaria na última guerra.” “Não esteve”, Vidal retorquiu. “Estive, sim.” “Não esteve.”

R DE RELIGIÃO “O grande e indecente mal que está no cerne de nossa cultura é o monoteísmo. Três religiões anti-humanas se desenvolveram a partir de um texto bárbaro da idade do bronze conhecido como o Velho Testamento: o judaísmo, o cristianismo e o islã. São religiões de um deus celeste. São patriarcais, e é essa a razão do ódio às mulheres ao longo de 2.000 anos nos países que sofrem influência do deus celeste e de seus representantes terrenos do sexo masculino. [...] Em última análise, o totalitarismo é o único tipo de política que pode atender os objetivos do deus celeste.”

S DE SUCESSO “Cada vez que um amigo faz sucesso, morro um pouquinho.” Em outra ocasião, Vidal disse: “Não basta ter sucesso. É preciso que outros fracassem.”

T DE TV Vidal dizia que a TV não é para ser vista, mas para se aparecer nela. “Nunca perco uma oportunidade de fazer sexo ou de aparecer na TV.”

U DE UPBRINGING [EDUCAÇÃO] Vidal recebeu o nome Eugene Luther Gore Vidal por causa do pai, o tenente Eugene Luther Vidal, mas aos 14 livrou-se dos primeiros nomes. Antes de fazer carreira no Exército, seu pai foi medalha de prata na Olimpíada de 1920. “Nós nos conhecemos durante 43 anos, não concordávamos em nada, mas nunca brigamos”, disse o filho. “Só homens são capazes disso. As mulheres não.” Quando sua mãe, Nina Gore, casou-se de novo, Vidal dividiu o padrasto com Jacqueline Kennedy Onassis. Ele detestava a mãe (”Bêbados não são grande coisa como companhia”).

V DE VIDAL Gore Vidal não tinha parentesco com o cabeleireiro Vidal Sassoon. Mas o ex-vice-presidente dos EUA Al Gore é seu primo distante.

W DE “WATERSHIP DOWN” “Gore Vidal está sendo entrevistado no ‘Start the Week’ ao lado de Richard Adams (autor de ‘Watership Down’). Perguntam a Adams o que ele achou do novo romance de Vidal sobre Lincoln. ‘Achei chamativo, mas sem valor real.’ ‘É mesmo?’ diz Gore. ‘Muito bem, um Ano-Novo feliz, chamativo e sem valor real para você.’ É assim que se faz.” (De “Writing Home”, de Alan Bennett.)

X DE X-RATED Vidal recebeu críticas negativas por dois filmes proibidos para menores aos quais esteve ligado. “Homem e Mulher até Certo Ponto”, de Michael Sarne, baseado em seu romance “Myra”, foi classificado como um dos piores filmes de todos os tempos. Mais tarde, Vidal moveu ação judicial, sem sucesso, para ter seu nome retirado dos créditos de “Calígula” (1979) como roteirista, depois de o produtor ter acrescentado cenas pornográficas.

Y DE YELLOW “In a Yellow Wood” (1947), seu segundo romance, foi inspirado no primeiro verso do poema “The Road Not Taken”, de Robert Frost (”Two roads diverged in a yellow wood…”). É sobre um corretor de Wall Street que vive assombrado por recordações de sua amante italiana durante a guerra. Mais tarde, Vidal diria que o livro era tão ruim que não suportava relê-lo.

Z DE ZOROASTRO O protagonista do romance “Criação” (1981) é Cyrus Spitama, diplomata persa aquemênida do século 5 a.C. e neto de Zoroastro. Ele viaja pelo mundo comparando crenças políticas e religiosas. É um livro grandioso, ambicioso e pouco lido. Faz lembrar o episódio de “Os Simpsons” em que Lisa segura um livro intitulado “Tome”, de Gore Vidal. “Esses são meus únicos amigos”, ela se queixa. “Nerds adultos, como Gore Vidal. E ele já beijou mais garotos do que eu jamais vou beijar.”

Publicado no jornal “The Guardian”.

Um hemisfério numa cabeleira



«Deixa-me respirar por muito, muito tempo, o odor dos teus cabelos, mergulhar neles todo o meu rosto, como um homem sequioso na água duma nascente, e agitá-los com a mão como um lenço perfumado, para sacudir as recordações no ar.
Se tu pudesses saber tudo o que eu vejo! tudo o que eu sinto! tudo o que eu ouço nos teus cabelos! Minha alma viaja sobre o perfume como a alma dos outros homens viaja sobre a música.
Os teus cabelos contêm um sonho inteiro, cheio de velas e de mastros; contêm grandes mares cujas monções me levam para climas adoráveis, onde o espaço é mais azul e mais profundo, onde a atmosfera tem o perfume dos frutos, das folhas e da pele humana.
No oceano da tua cabeleira, entrevejo um porto a formigar de canções dolentes, de homens vigorosos de todas as nações e navios de todas as formas recortando as arquitecturas finas e complicadas sob um céu imenso onde se pavoneia um calor eterno.
Nas carícias da tua cabeleira, encontro os langores das longas horas passadas sobre um divã no camarote dum belo navio, embaladas pelo arfar imperceptível do porto, por entre os vasos de flores e as bilhas que refrescam a água.
No lume ardente da tua cabeleira, respiro o odor do tabaco misturado com ópio e açúcar; na noite da tua cabeleira, vejo resplandecer o infinito do azul tropical; nas praias acetinadas da tua cabeleira, embebedo-me com os odores combinados de alcatrão, de musgo e de óleo de coco.
Deixa-me morder longamente as tuas tranças pesadas e negras.
Quando mordisco os teus cabelos elásticos e rebeldes, parece-me que devoro recordações.»

Charles Baudelaire. O Spleen de Paris. Pequenos poemas em prosa. Tradução de António Pinheiro Guimarães. Relógio D’Água, Lisboa, 1991.,p.49/50


Alívio



Enfim, cara, vieste – e bem. Com
ânsia te esperava – e muito. Que
saibas: em minha alma ascendeste
um fogo que a devora.

Safo

sábado, 5 de maio de 2012

Cais

"Para quem quer se soltar invento o cais


Invento mais que a solidão me dá

Invento lua nova a clarear

Invento o amor e sei a dor de me lançar

Eu queria ser feliz

... Invento o mar

Invento em mim o sonhador

Para quem quer me seguir eu quero mais

Tenho o caminho do que sempre quis

E um saveiro pronto pra partir

Invento o cais

E sei a vez de me lançar" -

Milton Nascimento, Ronaldo Bastos



domingo, 12 de fevereiro de 2012

Fotografia

O mandamento de Capa


Por que morrem tantos fotógrafos de guerra?

RESUMO

Robert Capa, morto em 1954, no Vietnã, fixou uma regra para o fotojornalismo de guerra: a qualidade das fotos estaria ligada à proximidade do fotógrafo com seu objeto. Vigente até hoje, embora dispensável em tempos de fotografia digital, o mandamento ainda é responsável pelo alto índice de mortes na profissão.



A morte do cinegrafista francês Gilles Jacquier, 43, na cidade de Homs, na Síria, no dia 11 de janeiro, vem se somar a uma longa lista de repórteres de imagens mortos em áreas de conflito na história recente do jornalismo.



Antes dele, a Primavera Árabe já tinha tirado de um só golpe a vida de dois importantes fotógrafos de guerra da atualidade, o inglês Tim Hetherington e o americano Chris Hondros. Os dois morreram na Líbia, em abril de 2011, atingidos por um morteiro disparado pelo Exército do ditador Muammar Gaddafi em Misrata, cidade controlada pelos rebeldes (que viriam a vencer a guerra civil no país). O petardo ainda feriu outros dois fotógrafos.



Hetherington vinha de anos de produção consagradora cobrindo a ocupação americana do Afeganistão. Ali, ele fez a foto que ganhou o Prêmio World Press (o “Oscar do fotojornalismo”) de 2007 e realizou, com câmera de última geração, o longa “Restrepo”, indicado ao Oscar de documentário e escolhido como melhor filme do festival Sundance em 2010.



Em entrevista à então correspondente da Folha em Washington, Andrea Murta, no lançamento do filme, Hetherington disse que “é muito fácil ficar viciado” em guerras. A frase lembra a de Duck, personagem do filme “A Caçada” (2007), ficção baseada em fatos reais na Bósnia: “Estar tão perto da morte e sentir-se assim tão vivo é viciante. Quem disser o contrário estará mentindo”.



A morte de Hetherington teve várias coincidências com a do maior fotógrafo de guerra de todos os tempos, Robert Capa (1913-54), no Vietnã. Ambos morreram aos 40, em conflitos assimétricos, em países do terceiro mundo, já consagrados e experimentando uma ampliação da carreira para o cinema.



Guerras matam muitos jornalistas. Mas, entre eles, fotógrafos e cinegrafistas são as principais vítimas. E a proporção cresceu nos últimos tempos. Relatório da ONG internacional Comitê para a Proteção de Jornalistas aponta que 40% dos jornalistas mortos em ação em 2011 eram fotógrafos ou cinegrafistas, o dobro da média histórica apurada desde 1992.



Ao produzir suas imagens, muitas vezes os repórteres fotográficos se expõem a riscos. Até mesmo jornalistas de texto ou de voz estão convictos de que os de imagem são os mais valentes, como escreve David Halberstam em “Requiem”, homenagem aos 135 fotógrafos que perderam a vida na mesma guerra do Vietnã que matou Capa: “Nós, jornalistas de texto, sempre soubemos que os fotógrafos eram realmente os corajosos. Só existe uma forma de eles produzirem intimidade com a cena: serem testemunhas oculares”.



Há várias razões para essa exposição ao risco. O vício mencionado por Hetherington pode ser uma delas, mas certamente tem grande importância a ideia expressa na frase de Capa: “Se suas fotos não estão boas o suficiente, é porque você ainda não está perto o suficiente”, como consta no livro “Ligeiramente Fora de Foco” [trad. José Rubens Siqueira, Cosac Naify, 296 págs., R$ 69], que narra sua participação na Segunda Guerra Mundial.



Desde Capa, a proximidade do repórter fotográfico em relação ao objeto passou a ser uma lei da fotografia, um regimento profissional, que prescreve opções subjetivas, estéticas, as quais se confundem com imposições técnicas e objetivas. O mandamento de Capa constituiu uma gramática da fotografia de guerra (o sujeito deve estar junto de seu objeto), mas impõe um efeito colateral: a morte frequente.



TELEOBJETIVAS



Ao aplicar sua concepção teórica, Capa recusava as teleobjetivas, preferindo as lentes de 50 mm, que os fotógrafos chamam de “lente normal” por ser a que melhor reproduz o ângulo de visão do homem.



A 50 mm capta a imagem de objetos que estão em um campo de 45º à frente, muito semelhante ao campo de visão do olho humano. Mais longas, as teles só deixam entrar a imagem de objetos que estão num pequeno campo de visão. Por isso eles parecem tão ampliados: porque uma pequena fração da imagem ocupará toda a foto.



Uma tele de 600 mm tem um campo visual de apenas 4°. Esse “afinamento” provoca outro efeito: a perspectiva se desfaz, some a percepção das diferentes distâncias dos objetos, tudo o que aparece na foto parece estar à mesma distância. A tele “chapa” o fundo, como acontece com a visão de um homem que vê com um só olho.



Ao dizer que uma foto é boa quando feita de perto, portanto, Capa elabora um conceito estético mas também técnico, a partir da geometria, em busca do que considera a perspectiva “verdadeira”.



ÉTICA



Sua ideia tem também uma decorrência ética: se a foto feita de longe distorce a posição dos elementos, ela fere o princípio de fidelidade do jornalismo.



Um fotógrafo, no entanto, usou a teleobjetiva para produzir uma grande foto cujo impacto vem exatamente da redução da profundidade. O sul-africano Kevin Carter foi colhido por uma polêmica em 1994, quando conquistava um dos maiores prêmios do jornalismo internacional, o Pulitzer.



Carter era parte de uma turma de jovens e audazes fotógrafos brancos, nascidos na África do Sul do apartheid, que se destacara na cobertura dos conflitos que quase resultaram em guerra civil na transição para a democracia multirracial criada sob o governo de Nelson Mandela, no início dos anos 1990.



Kevin e seus amigos estavam sempre a postos para testemunhar casos de violência, conforme conta o “Clube do Bangue-Bangue” [trad. Manoel Paulo Ferreira, Companhia das Letras, 344 págs., esgotado], escrito por dois deles, Greg Marinovich e João Silva.



Carter foi para o Sudão em março de 1993, para documentar a guerra civil entre tribos cristãs e o governo islâmico. Lá, fez uma foto muito impressionante num acampamento de refugiados: um menino subnutrido à beira da exaustão é observado por um abutre que parece esperar sua morte.



A foto é chocante. Publicada pelo “New York Times”, correu o mundo. No ano seguinte, ganhou o Pulitzer de fotografia, o que deflagrou uma intensa polêmica: o que ele fez para salvar a criança? Como fotógrafo, buscou a foto chocante em vez de espantar o bicho?



A polêmica, porém, é toda imotivada: a foto sugere algo irreal. Há uma ilusão de óptica: a imagem foi feita com uma tele de 180 mm, que distorce a perspectiva. O abutre parece estar mais perto, o que dá a falsa impressão de espreita.



Carter caiu em depressão meses depois de receber o prêmio e veio a se matar no mesmo ano. Sua foto é um exemplo de como a aura de pecado se abate sobre quem não segue o mandamento de Capa.



NAVALHA



A administração da distância é o fio da navalha sobre o qual se move o fotógrafo: se fica muito longe, não consegue uma cobertura “quente”; se chega muito perto, corre perigo de morte. Ao mesmo tempo, a proximidade expõe ao risco de produzir um retrato parcial do conflito.



O senso comum fixou a ideia de que o risco é inerente à fotografia de guerra, uma vez que ela só poderia se realizar a pequena distância do fato, o que muitas vezes implica risco de morte ou parcialidade. A tensão entre proximidade, risco e adesismo se cristalizou no cinema em filmes que têm fotógrafos como personagens, como “Sob Fogo Cerrado” (1983), de Roger Spottiswoode, “Salvador, O Martírio de um Povo” (1986), de Oliver Stone, e “Antes da Chuva” (Milcho Manchevski, 1994).



Mas uma análise dos equipamentos e da técnica fotográfica revela que a necessidade de proximidade em relação à fonte do risco de morte é falsa. O exemplo mais conhecido é a cobertura de eventos esportivos. A fotografia esportiva mostra que hoje já é possível retratar as cenas com precisão sem chegar tão perto.

LEÃO SERVA
Fonte – Folha de São Paulo

EVOLUÇÃO

Depois de anos de uma evolução estética que resultou em fotos absolutamente fechadas (em vez de um gol, o fotojornalismo dos anos 80-90 tentava mostrar detalhes como a expressão facial do autor do gol ao chutar), a foto esportiva vem recuperando os planos abertos, que permitem ver as jogadas e seus contextos.



Paralelamente, a evolução dos equipamentos, com a fotografia digital superando a resolução dos filmes químicos, torna possível, por exemplo, captar a imagem de um campo de futebol inteiro e recortar da imagem a cena específica que interessa publicar.



Essa possibilidade técnica, no entanto, tem sido refutada sob o argumento de que pode significar falseamento. É uma decisão coerente com o mandamento de Capa, mas que não se justifica à luz da técnica em si, e possivelmente nem da ética, caso se compare o ganho, com a redução de mortos e feridos, com os riscos de eventual adulteração da imagem (até porque os registros que a câmera eletrônica produz sobre seus fotogramas são detalhados como um RG e podem ser usados para conhecer as alterações feitas no original).



Da mesma forma que nos estádios olímpicos, os recursos técnicos já poderiam dar aos repórteres fotográficos a chance de documentar cenas de conflito sem necessariamente se aproximar tanto de seu objeto.



Então, por que morrem tantos fotógrafos de guerra? Morrem por uma ideologia.

sábado, 7 de janeiro de 2012

Passional

Seu olhar me desconcerta
Penetrante Inquietante
O prazer que em mim desperta
Inquietante Deslumbrante
Ter você sob as cobertas
Deslumbrante Fascinante

O fascínio do teu corpo
Me perco em suas curvas
Em cada esquina deste corpo

Você é minha perdição
Ao mesmo tempo é a razão
Da escrita com paixão

Observo contemplando
Esperando
Sua ação
Faça comigo o que desejar
Sei que vou gostar

Não quer escrever?
Não. Quero apenas você
Linda envolvente
Eterna adolescente
De beleza incandescente

Sua sensualidade latejando
Seus olhos convidam
Todo meu corpo desejando
Você me acariciando

Acabo por escrever
sobre a intensidade
De te querer

Inteligência provocante
A libido reclama
sufocante
Presença fascinante
Em minha cama
Ou banheiro, cozinha, chão
Só importa nossa paixão

 Liz Christine

segunda-feira, 19 de dezembro de 2011

DOS TRINCOS

Ando temeroso pelas ruas da cidade

Mesmo quando o sol nos esbofeteia

Ou à noite, desviando nas calçadas

Da merda nelas largada – suspensa

A respiração, enquanto pessoas aos

Grupos falam alto e seus gritos

Chegam às janelas onde me refugio.

E nos telhados gatos gemem e trepam

Aos guinchos e há um barro que a chuva

Leva aos baixos e aos canos.

Mas quem diz que pode ser diverso ?

O que sussurram os beirais dos pesadelos

De privadas falas ? Deus não existe

Mas tem inúmeros representantes

Na TV e em programas de rádio.

À parte isso, crianças são dilaceradas

E sempre é possível levar um tiro perdido

No meio da cara.

(Nesse momento tranco a porta

E verifico a trava das janelas).


Rick Miyake
Que canto há de cantar o que perdura?


A sombra, o sonho, o labirinto, o caos

A vertigem de ser, a asa, o grito.

Que mitos, meu amor, entre os lençóis:

O que tu pensas gozo é tão finito

E o que pensas amor é muito mais.

Como cobrir-te de pássaros e plumas

E ao mesmo tempo te dizer adeus

Porque imperfeito és carne e perecível



E o que eu desejo é luz e imaterial.



Que canto há de cantar o indefinível?

O toque sem tocar, o olhar sem ver

A alma, amor, entrelaçada dos indescritíveis.

Como te amar, sem nunca merecer?



Hilda Hilst

(Da Noite - 1992) 19 ago

DO DESEJO

E por que haverias de querer minha alma

Na tua cama?

Disse palavras líquidas, deleitosas, ásperas

Obscenas, porque era assim que gostávamos.

Mas não menti gozo prazer lascívia

Nem omiti que a alma está além, buscando

Aquele Outro. E te repito: por que haverias

De querer minha alma na tua cama?

Jubila-te da memória de coitos e de acertos.

Ou tenta-me de novo. Obriga-me.



Hilda Hilst

(Do Desejo - 1992)

quinta-feira, 15 de dezembro de 2011

Alta na desigualdade tira US$ 740 bi dos trabalhadores americanos

Por Robin Harding

Financial Times – VALOR

Foi tão intensa a sensação de Jonathan Smucker de que alguma coisa estava errada no cerne do sistema americano que ele deixou a pequena empresa que administrava, em Rhode Island, e foi para Nova York para participar da manifestação Ocupem Wall Street.



“Assim como muitos americanos, estou bem revoltado. Não por existirem pessoas ricas, mas porque as pessoas com muito dinheiro manipularam o sistema de tal forma nas últimas décadas que não existe mais igualdade de oportunidades para todos”, disse ele nos protestos da semana passada.



“Somos os 99%”, diz o slogan do movimento Ocupem Wall Street, em referência à crescente riqueza do 1% que ocupa o topo da pirâmide da distribuição de renda nos Estados Unidos. Mas um slogan igualmente válido poderia ser: “Recebemos 58%.”



Esse percentual é a parte da renda nacional americana recebida pelos trabalhadores, sob a forma de salários, em contraposição à renda dos investidores, embolsada sob a forma de lucros e juros. Essa parcela caiu para seu nível mais baixo desde o início da série histórica, após a Segunda Guerra Mundial, e é parte do motivo pelo qual a renda do segmento mais elevado de 1% – que tende a provir de investimentos de capital – subiu tanto.



Se os salários atuais mantivessem sua participação média do pós-guerra, de 63%, os trabalhadores estariam ganhando US$ 740 bilhões a mais este ano, cerca de US$ 5 mil por trabalhador, segundo cálculos do “Financial Times”.



Essa chamada participação do trabalho na renda nacional vem passando por uma leve queda na maioria das economias industrializadas, mas principalmente nas economias anglo-saxônicas, nas últimas décadas. Nesta recuperação, no entanto, está ocorrendo uma coisa estranha e sem precedentes. “As margens de lucro não apenas estão muito altas atualmente como o comportamento [das empresas] anda muito fora do comum”, disse Andrew Smithers, que administra a consultoria Smithers & Co. de Londres. As margens de lucro e os retornos sobre o capital são o outro lado da moeda da participação do trabalho.



Historicamente, a participação do trabalho tende a subir durante as recessões, uma vez que as empresas seguram os funcionários e sacrificam os lucros, e torna a cair na recuperação. Mas, durante a recessão de 2008, ocorreu o contrário com a participação do trabalho: ela caiu, e, quando se instaurou a recuperação, continuou caindo.



“O que é absolutamente notável é que os lucros do setor corporativo estão de 25 a 30% maiores do que antes da recessão, embora haja significativa parcela da capacidade instalada sem utilização e alta taxa de desemprego”, afirmou Lawrence Mishel, presidente do Instituto de Política Econômica, situado mais à esquerda do espectro político e sediado em Washington.



A queda da participação dos salários, aliada à transferência da renda do trabalho para os estratos de maiores salários, pode ser uma parte importante do motivo pelo qual a recuperação econômica dos EUA tem se mostrado anêmica.



Os trabalhadores de salários mais baixos consomem boa parte de sua renda, enquanto os que ganham mais e as pessoas cuja renda provém de ganhos de capital têm maior tendência a poupar. Isso não afetará a demanda total somente se os poupadores emprestarem para os que querem consumir ou investir em construções e em empresas iniciantes

Fonte : Valor Economico 15/11/2011

Sem-teto pede esmolas no distrito financeiro de La Défense, na capital francesa, Paris

ANGELIQUE CHRISAFIS DO “GUARDIAN”, EM PARIS – FOLHA SP

As cintilantes vitrines das lojas de luxo de Paris frequentemente contrastam com a imagem de uma pessoa trêmula mendigando moedas nas imediações, encolhida por trás de uma cartolina onde se lê “fome”.

Com a economia em crise, os pobres e os moradores de rua de Paris estão mais presentes que nunca nas entradas de edifícios e do metrô.

Ativistas vêm exigindo ação quanto à crise da habitação no país.

Mas o presidente Nicolas Sarkozy, que tenta a reeleição no ano que vem, lançou uma guerra contra os mendigos.

O governo promulgou uma série de decretos que proíbem que mendigos circulem nas mais populares áreas comerciais e turísticas de Paris.

Ele diz que deter e multar os mendigos é crucial para impedir que visitantes estrangeiros sejam importunados por pedintes “delinquentes”.

A avenida Champs Elysée foi a primeira área na lista de restrições aos pedintes, no período entre setembro e janeiro, agora estendido até a metade do ano.

E duas novas zonas onde a atuação de pedintes está proibida foram criadas recentemente: em torno das famosas lojas de departamentos Printemps e Galérie Lafayette e na área do museu do Louvre e dos Jardins das Tuileries.

O governo definiu os decretos de repressão aos mendigos como parte de uma “luta impiedosa” contra a “criminalidade romena”.

As normas de repressão aos pedintes enquadram práticas como recolher dinheiro para falsas causas, algo que o governo alega costuma ser feito por meninas e adolescentes romenas.

Para ajudar a polícia na captura de mendigos na Champs Elyseés, 33 policiais romenos foram contratados.

Mas o prefeito de Paris, Bertrand Delanoe, o mais popular político da França, definiu as medidas como “um golpe barato de relações públicas”, criado para “estigmatizar parte da população”.

Ele disse que “combater a pobreza com repressão e multas é chocante em um momento em que o Estado não está cumprindo a obrigação de abrigar pessoas jovens e vulneráveis ou oferecer acomodações de emergência”.

Restando quatro meses para a eleição presidencial, o partido de Sarkozy vem priorizando a segurança e o combate ao crime visando reconquistar os eleitores perdidos para a Frente Nacional, partido de extrema-direita dirigido por Marine Le Pen.


Tradução de PAULO MIGLIACCI

Fonte : Folha de São Paulo 15/12/2011

Los vientos del Perú

¡No hay nada en el mundo, ni el sol, ni la guerra

como los salvajes vientos de esta tierra!



Ni el acuchillado perfil de la sierra,

ni el rayo que vibra, ni el trueno que aterra,

ni el mismo relámpago que abre y se cierra

y el mar que en las playas se aferra…se aferra…



¡No hay nada en el mundo, ni el sol, ni la guerra

como los salvajes vientos de esta tierra¡



Aires ululantes que agitan pañuelos

de polvo en la fuga de los grandes vuelos,

pero que más suaves que los terciopelos

cuando se entrechocan de vagos anhelos

parece que entonces bajó de los cielos

y en una locura de mil ritornelos

se fueran bailando sin pisar los suelos

la vertiginosa danza de los velos.



Tropicales ráfagas que yo rememoro

porque a sus cien rubias trompetas en coro

les debo este gesto con que nunca imploro,

con que nunca tiemblo, con que nunca lloro…



Tropicales ráfagas que yo rememoro

cuando en las llanuras donde muge el toro

y el caballo alegra su clarín sonoro

se iban dando vueltas como trompos de oro.



¡No hay nada en el mundo, ni el sol, ni la guerra

como los salvajes vientos de esta tierra!



Casuhiras del monte, saltantes felinos

que arañan y trepan los árboles finos

y jugando al juego de los remolinos

-¡Oh, azul borrachera de goces divinos!-

suenan en las ramas, cantan en los pinos

y se van rodando tras los campesinos

que en las tardes vuelven por esos caminos

donde la carretera de bueyes cansinos

parece que llora como los molinos.



Pamperos violentos que en las madrugadas

del campo entreabrían las puertas cerradas

como a una nerviosa lucha de estocadas,

yo aprendí en vosotros mis rudas tonadas

y el ir por el mundo como las cascadas:

a saltos, impulsos, carreteras aladas

y no sé que angustia de cumbres sagradas

que me hace ser todo velas desplegadas

para las más hondas rutas ignoradas.



Ciclones marinos que inician un viaje

Que nunca se para sobre el mar salvaje.



Y pifian la fusta de un loco carruaje

que es la desbocada visión del paisaje.



Rompen las estatuas que esculpe el oleaje,

atacan los buques como al abordaje.



Y como en Esquilo dicen un lenguaje

que es más la tragedia de un alma salvaje.



¡No hay nada en el mundo, ni el sol, ni la guerra

como los ciclones del mar de esta tierra!



Mascaichas dramáticos de los temporales

en las sensitivas mañanas rurales

-¡olor a aguas vírgenes, a las selvas y maizales!-



¡Oh, vertiginosos sátiros joviales

que a las campesinas de senos frutales

tirábanles locos los leves percales

como si quisieran, ebrios y sensuales

llevarles rápido hasta los trigales…



Yo aún no me he olvidado que vengo de aquellas

ciudades con cumbre viril de epopeyas

bajo el parral de oro que hay en las estrellas.



¡Si aun siento en mi sangre palpitar las huellas

de aquellas salvajes y dulces doncellas

que a los españoles –danzas y centellas-

por ver a Atahualpa morir junto a ellas

les decían suaves como las estrellas

qué cosas tan tristes…qué cosas tan bellas…

Vientos, vientos, vientos de mi tierra, leones

que el polvo enmelena con sus algodones,

vámonos frenéticos por las poblaciones

de esta vieja América con sus tradiciones

que hacen de las gentes siervos y bufones.



Y arrollantes, trágicos, rompamos canciones

Que agiten como émbolos a los corazones,

refresquen las almas y alcen las pasiones

en las rojas lanzas de otras rebeliones.



¡No hay nada en el mundo, ni el sol, ni la guerra

como los salvajes vientos de esta tierra


Juan Parra del Riego

Los tres instrumentos de la muerte

Tanto por profesión como por convicción, el padre Brown sabía, mejor que casi todos nosotros, que la muerte dignifica al hombre. Con todo, tuvo un sobresalto cuando, al amanecer, vinieron a decirle que Sir Aaron Armstrong había sido asesinado. Había algo de incongruente y absurdo en la idea de que una figura tan agradable y popular tuviera la menor relación con la violencia secreta del asesinato. Porque Sir Aaron Armstrong era agradable hasta el punto de ser cómico, y popular hasta ser casi legendario. Era aquello tan imposible como figurarse que «Sunny Jim» se había colgado, o que el pacífico «el señor Pick Wicks» de Dickens había muerto en el manicomio de Hanwell. Porque, aunque Sir Aaron, como filántropo que era, tenía que conocer los oscuros fondos de nuestra sociedad, se enorgullecía de hacerlo de la manera más brillante posible. Sus discursos políticos y sociales eran cataratas de anécdotas y carcajadas; su salud corporal era tremenda; su ética, el optimismo más completo. Y trataba el problema de la embriaguez (su tópico favorito) con aquella alegría perenne y aun monótona, que es muchas veces la señal de una absoluta y provechosa abstinencia.

La historia corriente de su conversación era muy conocida en los círculos y púlpitos más puritanos: cómo, de niño, había sido arrastrado de la teología escocesa al whisky escocés; cómo se había redimido de lo uno y lo otro, y había llegado a ser (según él modestamente decía) lo que era. La verdad es que su barba blanca y bellida, su cara de querubín, sus gafas deslumbradoras, y las innúmeras comidas y congresos a que asistía, hacían difícil creer que hubiera sido nunca persona tan tétrica como un borrachín o un calvinista. No: aquél era el más seriamente alegre de todos los hijos de los hombres.

Vivía por los rústicos alrededores de Hampstead, en una hermosa casa, alta, pero no ancha: una de esas modernas torres tan prosaicas. La más estrecha de sus estrechas fachadas daba sobre la verde pendiente del camino férreo, y hasta la casa llegaban las trepidaciones del tren. Sir Aaron Armstrong, como él decía con turbulenta manera, no tenía nervios. Pero si a menudo el tren hacía trepidar la casa, aquella mañana se cambiaron los papeles, y fue la casa la que hizo trepidar al tren.

La máquina disminuyó la velocidad, y finalmente, paró justamente frente al sitio en que un ángulo de la casa se adelantaba sobre la pendiente de pasto. Generalmente los mecanismos paran poco a poco, pero la causa viviente de aquella parada fue muy rápida. Un hombre vestido rigurosamente de negro, sin omitir (como lo recordaron los testigos de la escena) el tenebroso detalle de los guantes negros, apareció en lo alto del terraplén, frente a la máquina, y agitó las negras manos como un negro molino de viento. Esto no hubiera bastado siquiera para detener a un tren lentísimo. Pero de aquel hombre salió un grito que después todos repetían como si hubiera sido algo nuevo y sobrenatural. Fue uno de esos gritos tórridamente claros, aun cuando no se entienda qué dicen. Las palabras articuladas por aquel hombre fueron: «¡Un asesinato!»

Pero el conductor asegura que si sólo hubiera oído aquel grito penetrante y horrible, sin entender las palabras, hubiera parado igualmente.

Una vez detenido el tren, bastaba un vistazo para advertir las circunstancias del incidente... El hombre de luto era Magnus, el lacayo de Sir Aaron Armstrong. El baronet, con su habitual optimismo, solía burlarse de los guantes negros de su lúgubre criado; pero ahora toda burla hubiera sido inoportuna.

Dos o tres curiosos bajaron, cruzaron la ahumada cerca, y vieron, casi al pie del edificio, el cuerpo de un anciano con una bata amarilla que tenía un forro de rojo vivo. En una pierna se veía un trozo de cuerda enredado tal vez en la confusión de una lucha. Había una o dos manchas de sangre: muy poca. Pero el cuerpo estaba doblado o quebrado en una postura imposible para un cuerpo vivo. Era Sir Aaron Armstrong. A poco apareció un hombre robusto de hermosa barba, en quien algunos viajeros reconocieron al secretario del difunto, Patrick Royce, un tiempo muy célebre en la sociedad bohemia, y aun famoso en el arte bohemio. El secretario manifestó la misma angustia del criado, de un modo más vago, aunque más convincente. Cuando, un instante después, apareció en el jardín la tercera figura del hogar, Alice Armstrong, la hija del muerto, vacilante e indecisa, el conductor se decidió a obrar, se oyó un silbo, y el tren, jadeando, corrió a pedir auxilio a la próxima estación que no estaba demasiado lejos, por cierto, de aquel lugar.

Y así, a petición de Patrick Royce, el enorme secretario ex bohemio, vinieron a llamar a la puerta del padre Brown. Royce era irlandés de nacimiento, y pertenecía a esa casta de católicos accidentales que sólo se acuerdan de su religión en los malos trances. Pero el deseo de Royce no se hubiera cumplido tan de prisa si uno de los detectives oficiales que intervinieron en el asunto no hubiera sido amigo y admirador del detective no oficial llamado Flambeau... Porque, claro está, es imposible ser amigo de Flambeau sin oír contar mil historias y hazañas del padre Brown. Así, mientras el joven detective Merton conducía al sacerdote, a campo traviesa, a la vía férrea, su conversación fue más confidencial de lo que hubiera sido entre dos desconocidos.

-Según me parece -dijo ingenuamente el señor Merton- hay que renunciar a desenredar este lío. No se puede sospechar de nadie. Magnus es un loco solemne, demasiado loco para asesino. Royce, el mejor amigo del baronet durante años. Su hija le adoraba sin duda. Además, todo es absurdo. ¿Quién puede haber tenido empeño en matar a este viejo tan simpático? ¿Quién en mancharse las manos con la sangre del amable señor del brindis? Es como matar a san Nicolás.

-Sí, era un hogar muy simpático -asintió el padre Brown-. Mientras él vivió, al menos, así fue siempre. ¿Cree usted que seguirá siendo igual de alegre?

Merton, asombrado, le dirigió una mirada interrogadora.

-¿Ahora que ha muerto él?

-Sí -continuó impasible el sacerdote-. Él era muy alegre. Pero, ¿comunicó a los demás su alegría? Francamente, ¿había en esa casa alguna persona alegre, fuera de él?

En la mente de Merton pareció abrirse una ventana, dejando penetrar esa extraña luz de sorpresa que nos permite darnos cuenta de lo que siempre hemos estado viendo. A menudo había estado en casa de Armstrong, para cumplir con sus funciones policíacas, ciertos caprichos del viejo filántropo. Y ahora que pensaba en ello se dio cuenta de que, en efecto, aquella casa era deprimente. Los cuartos muy altos y fríos; el decorado, mezquino y provinciano; los pasillos, llenos de corrientes de aire, alumbrados con una luz eléctrica más fría que la luz de la luna. Y aunque, a cambio de esto, la cara escarlata y la barba plateada del viejo ardieran como hogueras en todos los cuartos y pasillos, no dejaban ningún calor tras de sí. Sin duda aquella incomodidad de la casa se debía a la vitalidad de la misma, a la misma exuberancia del propietario. A él no le hacían falta estufas ni lámparas; llevaba consigo su luz y su calor. Pero, recordando a las otras personas de la casa, Merton tuvo que confesar que no eran más que las sombras del señor. El extravagante lacayo, con sus guantes negros, era una pesadilla. Royce, el secretario, hombre sólido, hombrachón o muñecón de trapo con barbas, tenía las barbas de paja llenas de sal gris -como de trapo bicolor-, y la ancha frente surcada de arrugas prematuras. Era de buen natural, pero su bondad era triste y lánguida, y tenía ese aire vago de los que se sienten fracasados. En cuanto a la hija de Armstrong, parecía increíble que lo fuera: tan pálida era y de un aspecto tan sensitivo. Graciosa, pero con un temblor de álamo temblón. Y Merton a veces se preguntaba si habría adquirido ese temblor con la trepidación continua del tren.

-Ya ve usted -dijo el padre Brown pestañeando modestamente-. No es seguro que la alegría de Armstrong haya sido alegre... para los demás. Usted dice que a nadie se le puede haber ocurrido dar muerte a un hombre tan feliz. No estoy muy seguro de ello: ne nos inducas in tentatione. Si alguna vez me hubiera yo atrevido a matar a alguien -añadió con sencillez- hubiera sido a un optimista.

-¿Cómo? -exclamó Merton, risueño-. ¿A usted le parece que la alegría de uno es desagradable a los demás?

-A la gente le agrada la risa frecuente -contestó el padre Brown-; pero no creo que le agrade la sonrisa perenne. La alegría sin humorismo es cosa muy cansona.

Caminaron un rato eh silencio, bajo las ráfagas, por el herboso terraplén de la vía y al llegar al límite de la larguísima sombra que proyectaba la casa de Armstrong, el padre Brown dijo de pronto, como el que echa de si un mal pensamiento, mejor que ofrecerlo a su interlocutor:

-Claro es que la bebida en sí misma no es buena ni mala. Pero no puedo menos de pensar que, a los hombres como Armstrong, les convendría beber algo de tiempo en tiempo para entristecerse un poco.

El jefe de Merton, un detective muy apuesto, de pelo entregrís, llamado Gilder, estaba en la verde loma de la vía esperando al médico forense y hablando con Patrick Royce, cuyas anchas espaldas y erizados pelos le dominaban por completo. Y esto se notaba más porque Royce siempre andaba combado de una manera hercúlea, y discurría por entre sus pequeños deberes domésticos y secretariales con un aire de pesada humildad, como un búfalo que arrastra un carro.

Al ver al sacerdote, levantó la cabeza con evidente satisfacción y se apartó con él unos pasos. Entretanto, Merton se dirigía a su mayor con evidente respeto, pero con cierta impaciencia de muchacho.

-Y qué, señor Gilder, ¿ha descubierto usted este misterio?

-Aquí no hay misterio -replicó Gilder, contemplando, con soñolientas pestañas el vuelo de las cornejas.

-Bueno; para mí, al menos, sí lo hay -dijo Merton, sonriendo.

-Todo está muy claro, muchacho -dijo su mayor, acariciando su puntiaguda barba gris-. Tres minutos después de que te fuiste a buscar al párroco del señor Royce todo se aclaró. ¿Conoces a ese criado de cara de palo que lleva unos guantes negros; el que detuvo el tren?

-¡Ya lo creo! Me produce hormigueo.

-Bien -articuló Gilder-; cuando el tren partió, ese hombre había partido también. Un criminal muy frío, ¿verdad? ¡Mira tú que escapar en el tren que va a avisar a la Policía!

-Pero, ¿está usted seguro -observó el joven- que fue él quien mató a su amo?

-Sí, hijo mío, completamente seguro -replicó Gilder secamente-; por la sencilla razón de que ha escapado llevándose veinte mil libras en acciones que estaban en el escritorio de su amo. No: aquí lo único que merece el nombre de misterio es cómo cometió el asesinato. El cráneo se diría roto con un arma potente, pero no aparece arma ninguna, y no es fácil que el asesino se la haya llevado consigo, a menos que fuera lo bastante pequeña para no advertirse.

-O quizá lo bastante grande para no advertirse -dijo el sacerdote, dominando una risita. Gilder le preguntó al padre Brown secamente qué quería decir.

-Nada, una necedad, ya lo sé -dijo el padre Brown-. Algo que parece cuento de hadas. Pero se me figura que el pobre señor Armstrong fue muerto con una cachiporra gigantesca, una enorme cachiporra verde, demasiado grande para ser notada, y que se llama la tierra. En suma, que se rompió la cabeza contra esta misma loma verde en que estamos.

-¿Cómo? -preguntó vivamente el detective.

El padre Brown volvió su cara de luna hacia la casa y pestañeó como un desesperado. Siguiendo su mirada, los otros vieron que en lo alto de aquel muro, y como ojo único, había una ventana abierta en el desván.

-¿No ven ustedes? -explicó, señalándola con una torpeza infantil-. Cayó o fue arrojado desde allí.

Gilder consideró la ventana con arrugado ceño y dijo después:

-En efecto, es muy posible. Pero no entiendo cómo habla usted de ello con tanta seguridad.

El padre Brown abrió sus grises ojos vacíos.

-¿Cómo? -exclamó-. En la pierna de ese hombre hay un trozo de cuerda enredado. ¿No ve usted otro trozo allí, en el ángulo de la ventana?

A aquella altura, la cuerda parecía una brizna o una hebra de cabello, pero el astuto y viejo investigador se declaró satisfecho:

-Muy cierto, caballero. Creo que ha acertado.

En este instante, un tren especial de un solo coche entró por la curva que hacía la línea a la izquierda y, deteniéndose, dejó salir otro contingente de policías, entre los cuales aparecía la carota de Magnus, el sirviente evadido.

-¡Por los dioses! ¡Lo han cogido! -gritó Gilder; y se adelantó a recibirlos con mucha precipitación-. ¿Y el dinero? ¿También lo traen ustedes? -preguntó a uno de los policías.

El agente, con una expresión singular, contestó:

-No. -Luego añadió-: Por lo menos, aquí no.

-¿Quién es el inspector? -preguntó Magnus.

Y al oír su voz, todos comprendieron que aquel hombre hubiera podido detener el tren. Era un hombre de aspecto torpe, negros cabellos lacios, cara descolorida, a quien los ojos y la boca, que eran unas verdaderas rajas, daban cierto aire oriental. Su procedencia y su nombre habían sido siempre un misterio. Sir Aaron le había redimido del oficio de camarero, que desempeñaba en una fonda de Londres, y aseguran las malas lenguas que de otros oficios más infames. Su voz era tan viva como su cara era muerta. Sea por esfuerzo de exactitud para emplear una lengua que le era extranjera, sea por deferencia a su amo (que había sido algo sordo), la voz de Magnus había adquirido una sonoridad, una extraña penetración. Cuando habló Magnus, todos se estremecieron.

-Siempre me lo había yo temido -dijo en voz alta con una suavidad ardorosa-. Mi pobre amo se reía de mi traje de luto, y yo siempre me dije que con este traje estaba preparado para sus funerales -hizo un ademán con sus manos enguantadas de negro.

-Sargento -dijo el inspector, mirando con furia aquellas manos-. ¿Cómo es que no le ha puesto usted las esposas a este individuo, que parece tan peligroso?

-Señor -dijo el sargento desconcertado-; no sé si debo hacerlo.

-¿Cómo es esto? -preguntó el otro con aspereza-. ¿No le han arrestado ustedes?

En la hendida boca del criado hubo una mueca desdeñosa, y el silbato de un tren que se acercaba pareció comentar oportunamente la intención burlesca.

El sargento, muy gravemente, replicó:

-Le hemos arrestado precisamente cuando salía del puesto de Policía de Highgate, donde acababa de depositar todo el dinero de su amo en manos del inspector Robinson.

Gilder contempló al lacayo asombrado.

-¿Y por qué hizo usted eso? -preguntó.

-¡Por qué había de ser! Para poner el dinero a salvo del criminal -contestó Magnus.

-Es que el dinero de Sir Aaron -dijo Gilder- estaba seguro en manos de la familia.

La cola de esta frase pareció engancharse en el estridor del tren, que se acercó temblando y chirriando. Pero, por sobre el infierno de ruidos a que aquella triste mansión estaba sujeta periódicamente, se oyeron las sílabas precisas de Magnus con toda su nitidez de campanadas:

-Tengo razones para desconfiar de la familia.

Todos, aunque inmóviles, sintieron vagamente la presencia de un recién llegado. Merton volvió la cabeza, y no le sorprendió encontrarse con la cara pálida de la hija de Armstrong, que asomaba sobre el hombro del padre Brown. Todavía era joven y bella, en aquel plateado estilo, pero sus cabellos eran de un color castaño tan opaco y sin matices, que, a la sombra, de repente parecía gris.

-Repórtese usted -gruñó Royce-. Va usted a asustar a la señorita Armstrong.

-Creo que sí -dijo el de la clara voz.

La dama retrocedió. Todos le miraron sorprendidos. Y él prosiguió así:

-Estoy ya acostumbrado a los temblores de la señorita Armstrong. La he visto temblar muchas veces durante muchos años. Unos decían que temblaba de frío; otros, que de miedo; pero yo sé bien que temblaba de odio y de perverso rencor... Esta mañana los diablos han estado de fiesta. A no ser por mí, a estas horas ella estaría lejos en compañía de su amante, y con todo el dinero de mi amo a cuestas. Desde que el pobre de mi amo le prohibió casarse con ese borracho bribón...

-¡Alto! -dijo Gilder con energía-. No nos importan las sospechas o imaginaciones de usted. Mientras no presente usted una prueba evidente.

-¡Oh, ya lo creo que presentaré pruebas evidentes! -le interrumpió Magnus con su acento cortado-. Usted tendrá que llamarme a declarar, señor inspector, y yo tendré que decir la verdad. Y la verdad es ésta: un momento después de que este anciano fuera arrojado por la ventana, entré corriendo en el desván, y me encontré a la señorita desmayada, en el suelo, con una daga roja en la mano. Permítaseme también entregarla a la autoridad competente.

Y extrajo de los faldones un largo cuchillo cachicuerno con una mancha roja, y se adelantó para entregarlo respetuosamente al sargento. Después retrocedió otra vez, y las rajas de los ojos casi desaparecieron de su cara en una inmensa mueca chinesca.

Merton se sintió enfermo ante aquella mueca, y murmuró al oído de Gilder:

-Habrá que oír lo que dice la señorita Armstrong contra esta acusación, ¿verdad?

El padre Brown levantó de pronto una cara tan fresca como si acabara de lavársela.

-Sí -exclamó con radiante candor-. Pero, ¿dirá la señorita Armstrong algo contra esta acusación?

La dama dejó escapar un grito breve y extraño. Todos se volvieron a verla. Estaba rígida, como paralizada. Sólo en el marco de sus cabellos castaños resaltaba un rostro animado por la sorpresa. Se diría que acababan de ahorcarla.

-Este hombre -dijo el señor Gilder gravemente- acaba de declarar que la encontró a usted empuñando un cuchillo, e inanimada, un momento después del asesinato.

-Dice la verdad -contestó Alice.

Todos quedaron deslumbrados, y al fin se dieron cuenta de que Patrick Royce adelantaba su cabezota y decía estas singulares palabras:

-Bueno; si me han de llevar, antes he de darme un gusto.

Y, levantando los fornidos hombros, descargó un puñetazo de hierro en la blanda cara mongólica de Magnus, haciéndole caer a tierra más aplastado que una estrella de mar. Dos o tres policías pusieron al instante la mano sobre Royce; pero a los demás les pareció que la razón misma había estallado y que el Universo todo se convertía en una pantomima insensata.

-Señor Royce -gritó Gilder autoritariamente-. Le arresto a usted por agresión.

-No -contestó el secretario con una voz como un gong de hierro-, tendrá usted que arrestarme por homicidio.

Gilder miró muy alarmado al hombre agredido; pero como éste estaba levantándose y limpiándose un poco de sangre de la cara, que en rigor no había recibido mucho daño, preguntó:

-¿Qué quiere usted decir?

-Que es cierto, como ha dicho este hombre -explicó Royce- que la señorita Armstrong cayó desmayada con un cuchillo en la mano. Pero no había empuñado el cuchillo para atacar a su padre, sino para defenderle.

-Para defenderle -gritó Gilder gravemente-. ¿Y defenderle de quién?

-De mí -contestó el secretario.

Alice le miró con expresión compleja y desconcertada. Después dijo con voz débil:

-Me alegro de que sea usted valiente.

-Subamos -dijo Patrick Royce con pesadez- y les haré ver cómo pasó esta atrocidad.

El desván, que era el aposento privado del secretario -diminuta celda para tan enorme ermitaño-, ofrecía, en efecto, señales de haber sido escenario de un violento drama. En el centro, y sobre el suelo, había un revólver; por un lado rodaba una botella de whisky, abierta, pero no completamente vacía. El tapete de la mesita había caído y estaba pisoteado. Y una cuerda, como la que aparecía en la pierna del cadáver, colgaba por la ventana. En la chimenea, dos vasos rotos, y uno sobre la alfombra.

-Yo estaba ebrio -dijo Royce; y esta confesión sencilla de aquel hombre prematuramente abatido, tenía todo el patetismo del primer pecado infantil-. Todos ustedes me conocen -continuó con voz ronca-. Todos saben cómo empecé la vida, y parece que voy a acabarla de igual modo. En otro tiempo decían que yo era inteligente, y pude haber sido feliz. Armstrong salvó de la taberna este despojo de cerebro y de cuerpo y a su modo, el pobre hombre fue siempre bondadoso conmigo. Sólo que no quería dejarme casar con Alice, y todos dirán que tenía razón. Bueno: ustedes pueden formular las conclusiones que gusten, y no necesitarán que yo entre en detalles. Allí, en el rincón, está mi botella de whisky medio vacía. Allí, sobre la alfombra, mi revólver completamente vacío. La cuerda que se encontró en el cadáver es la cuerda de mi baúl, y el cuerpo fue arrojado desde mi ventana. No hace falta que los detectives averigüen nada en esta tragedia: es una de esas hierbas que crecen en todos los rincones. ¡Me entrego a la horca, y basta, por Dios!

A una señal, que fue lo bastante discreta, la polilla rodeó al robusto secretario para conducirle preso. Pero esta operación fue verdaderamente interrumpida por la extrañísima actitud que adoptó el padre Brown. Éste, a gatas sobre la alfombra, junto a la puerta, parecía entregado a exóticas oraciones. Como era persona que jamás se daba cuenta de la figura que hacía a los ojos de los demás, conservando siempre su actitud, volvió de pronto su cara redonda y radiante, asumiendo aspecto de cuadrúpedo con una ridícula cabeza humana.

-¡Vamos! -dijo con sencillez amable-. Esto se complica. Al principio, señor inspector, decía usted que no aparecía arma ninguna, pero ahora vamos encontrando muchas armas. Tenemos ya el cuchillo para apuñalar, la cuerda para estrangular y la pistola para disparar; y todavía hay que añadir que el pobre señor se rompió la cabeza al caer de la ventana. Esto no va bien. No es económico.

Y sacudió la cabeza junto al suelo, como caballo que pasta. El inspector Gilder abrió la boca para decir algo muy serio; pero antes de que pudiera articular una palabra, ya la grotesca figura rampante decía con la mayor fluidez:

-¡Y estas tres cosas inexplicables! Primero, estos agujeros en la alfombra, donde entraron los seis tiros. ¿A quién se le ocurre disparar a la alfombra? Un ebrio dispara a la cara de su enemigo, que está accionando ante él. Pero no riñe con los pies de su enemigo, ni les pone sitio a sus pantuflas. Y luego, la dichosa cuerda.

Y habiendo acabado con la alfombra, el padre Brown levantó las manos y se las metió en los bolsillos, pero permaneció de rodillas.

-¿En qué grado de embriaguez posible se le ocurre a un hombre atarle a su enemigo la soga al cuello para desatarla después y atársela a la pierna? Royce no estaba tan ebrio para hacer semejante disparate, porque ahora estaría más dormido que un tronco. Y finalmente, la botella de whisky, y esto es lo más claro de todo: usted quiere hacernos creer que aquí ha habido un combate de dipsómano por apoderarse del whisky, que usted ganó la botella, y que, después, la arrojó usted a un rincón, vertiendo la mitad del whisky y dejando el resto en la botella. Lo cual me parece poco propio de un dipsómano.

Se irguió de un salto y, en tono de límpida penitencia, le dijo al presunto asesino:

-Lo siento mucho, mi buen señor, pero lo que usted nos cuenta es una sandez.

-Señor -dijo Alice Armstrong al sacerdote en voz baja-. ¿Podemos hablar a solas?

Esta petición obligó al parlanchín sacerdote a salir a la estancia próxima. Y antes de preguntar nada, la dama le dijo decidida:

-Usted es un hombre inteligente, y trata de salvar a Patrick, lo comprendo. Pero es inútil. Este asunto es muy negro, y mientras más indicios encuentre usted, menos posibilidad de salvación habrá para el desdichado a quien amo.

-¿Por qué? -preguntó el padre Brown mirándola con fijeza.

-Porque -contestó ella con la misma expresión- yo misma le he visto cometer el crimen.

-¡Ah! -dijo el padre Brown impertérrito y, ¿qué fue lo que hizo?

-Yo estaba en este cuarto -explicó ella-. Esta y aquella puerta estaban cerradas. De pronto, oí una voz que decía repetidas veces «¡Infierno, infierno!» y poco después las dos puertas vibraron con la primera explosión del revólver. Hubo tres disparos más antes de que yo lograra abrir una y otra puerta. Me encontré la estancia llena de humo; pero la pistola estaba humeando en la mano de mi pobre y loco Patrick. Y yo le vi con mis propios ojos hacer el último disparo asesino. Después saltó sobre m padre, que lleno de terror, estaba encaramado en la ventana, y aferrándolo, trató de estrangularlo con la cuerda, echándosela por la cabeza; pero la cuerda se deslizó por los hombros estremecidos y cayó hasta los pies de mi padre, y se ató sola a una pierna. Patrick tiró de la cuerda enloquecido. Yo cogí entonces un cuchillo que estaba sobre la estera, y metiéndome entre ellos; logré cortar la cuerda antes de caer desmayada

-Ya lo veo todo -dijo el padre Brown con la misma cortesía impasible-. Muchas gracias.

Y mientras la dama desfallecía al evocar tales recuerdos, el sacerdote regresó rápidamente adonde estaban los otros. Allí se encontró a Gilder y a Merton solos con Patrick Royce, que estaba sentado en una silla con las esposas puestas dirigiéndose respetuosamente al inspector. Dijo:

-¿Puedo decir algo al preso en presencia de usted? ¿Y le permite usted quitarse esas cómicas manillas un instante?

-Es hombre muy fuerte -dijo Merton en baja-. ¿Para qué quiere que se las quite?

-Pues, mire usted -dijo el sacerdote con maldad-. Porque quisiera tener el honor de darle un apretón de manos.

Los dos detectives se miraron sorprendidos, y padre Brown añadió:

-¿No quiere usted decirles cómo fue la cosa?

El hombre de la silla movió negativamente la marañada cabeza, y entonces el sacerdote decía con impaciencia:

-Pues lo diré yo. La vida privada es más importante que la reputación pública. Voy a salvar al vivo, y dejar que los muertos entierren a los muertos.

Se dirigió a la ventana fatal y se asomó:

-Le dije a usted que aquí había muchas armas para una sola muerte. Ahora debo rectificar: aquí no ha habido armas, porque no se las ha empleado para causar la muerte. Todos estos instrumentos terribles, el nudo corredizo, la sanguinolenta navaja, la pistola explosiva, han servido aquí como instrumentos de la más extraña caridad. No se han empleado para matar a Sir Aaron, sino para salvarlo.

-¡Para salvarlo! -exclamó Gilder-. ¿De qué?

-De sí mismo -dijo el padre Brown-. Era maniático suicida.

-¿Qué? -dijo Merton con tono incrédulo-. ¡Y su Religión de la Alegría...!

-Es una religión muy cruel -dijo el sacerdote mirando por la ventana-. ¡Que no haya podido él llorar un poco, como antes habían llorado sus padres! Sus planos mentales se endurecieron, sus opiniones se volvieron cada vez más frías. Bajo la alegre máscara se escondía el espíritu hueco del ateo. Finalmente, para conservar ante el público su alegría profesional, volvió a la embriaguez, que había abandonado hacía tanto tiempo. Pero las bebidas alcohólicas son terribles para un abstemio sincero, porque le procuran visiones de ese infierno psicológico contra el cual trata de poner en guardia a los demás. Pronto el pobre señor Armstrong se encontró hundido en ese infierno. Y esta mañana se encontraba en tal estado, que se sentó aquí a gritar que estaba en el infierno, y esto con voz tan trastornada, que su misma hija no la reconoció. Le entró la locura de la muerte, y con la agilidad de mono, propia del maniático, se rodeó de instrumentos mortíferos: el lazo corredizo, el revólver de su amigo, el cuchillo. Royce entró casualmente, y, comprendiendo lo que pasaba, se apresuró a intervenir. Arrojó el cuchillo por aquella estera, arrebató el revólver, y sin tener tiempo de sacar los cartuchos los descargó tiro a tiro contra el suelo. El suicida vio aún otra posibilidad de muerte, y quiso arrojarse por la ventana. El salvador hizo entonces lo único que podía: le dio alcance, y trató de atarle con la cuerda las manos y los pies. Entonces esa desdichada joven entró aquí, y comprendiendo al revés las cosas, trató de libertar a su padre cortando la cuerda. Al principio no hizo más que rasguñar las muñecas a Royce, y ésa es toda la sangre que ha habido en este asunto. Porque supongo que ustedes habrán advertido que, aunque su puño dejó sangre en la cara del criado, no dejó la menor herida. Y la pobre mujer, antes de caer desmayada, logró cortar la cuerda que retenía a su padre, el cual salió lanzado por esa ventana rumbo a la eternidad.

Hubo un silencio, y al fin se oyó el ruido metálico que hacía Gilder al abrir las esposas de Patrick Royce, a quien dijo:

-Creo que debo decir lo que siento, caballero. Usted y esa dama valen más que la esquela de defunción de Armstrong.

-¡Al diablo con Armstrong y su esquela! -gritó brutalmente Royce-. ¿No comprenden ustedes que se trataba de que ella no lo supiera?

-¿Que no supiera qué? -preguntó Merton.

-¿Cómo qué? ¡Que es ella quien ha matado a su padre, imbécil! -rugió el otro-. A no ser por ella, estaría vivo. Cuando lo sepa va a volverse loca.

-No, no lo creo -observó el padre Brown, tomando el sombrero-. Al contrario, creo que debe decírselo. Ni la más sangrienta equivocación envenena la vida tanto como un pecado. Y creo también que en adelante ella y usted podrán ser más felices. Y me voy: tengo que ir a la Escuela de Sordomudos.

Al salir por entre el césped mojado, un conocido de Highgate le detuvo para decirle:

-Acaba de llegar el médico. Va a comenzar la información.

-Tengo que ir a la Escuela de Sordomudos -dijo el padre Brown-. Siento mucho no poder asistir a la información.

FIN

El candor del padre Brown, 1911



Traducción de Alfonso Reyes

Fonte : Ciudad Seva

La aventura de un automovilista

Apenas salgo de la ciudad me doy cuenta de que ha oscurecido. Enciendo los faros. Estoy yendo en coche de A a B por una autovía de tres carriles, de ésas con un carril central para pasar a los otros coches en las dos direcciones. Para conducir de noche incluso los ojos deben desconectar un dispositivo que tienen dentro y encender otro, porque ya no necesitan esforzarse para distinguir entre las sombras y los colores atenuados del paisaje vespertino la mancha pequeña de los coches lejanos que vienen de frente o que preceden, pero deben controlar una especie de pizarrón negro que requiere una lectura diferente, más precisa pero simplificada, dado que la oscuridad borra todos los detalles del cuadro que podrían distraer y pone en evidencia sólo los elementos indispensables, rayas blancas sobre el asfalto, luces amarillas de los faros y puntitos rojos. Es un proceso que se produce automáticamente, y si yo esta noche me detengo a reflexionar sobre él es porque ahora que las posibilidades exteriores de distracción disminuyen, las internas toman en mí la delantera, mis pensamientos corren por cuenta propia en un circuito de alternativas y de dudas que no consigo desenchufar, en suma, debo hacer un esfuerzo particular para concentrarme en el volante.

He subido al coche inmediatamente después de pelearme por teléfono con Y. Yo vivo en A, Y vive en B. No tenía previsto ir a verla esta noche. Pero en nuestra cotidiana charla telefónica nos dijimos cosas muy graves; al final, llevado por el resentimiento, dije a Y que quería romper nuestra relación; Y respondió que no le importaba, que telefonearía en seguida a Z, mi rival. En ese momento uno de nosotros -no recuerdo si ella o yo mismo- cortó la comunicación. No había pasado un minuto y yo ya había comprendido que el motivo de nuestra disputa era poca cosa comparado con las consecuencias que estaba provocando. Volver a telefonear a Y hubiera sido un error; el único modo de resolver la cuestión era dar un salto a B, explicarnos con Y cara a cara. Aquí estoy pues en esta autovía que he recorrido centenares de veces a todas horas y en todas las estaciones, pero que jamás me había parecido tan larga.



Mejor dicho, creo que he perdido el sentido del espacio y del tiempo: los conos de luz proyectados por los faros sumen en lo indistinto el perfil de los lugares; los números de los kilómetros en los carteles y los que saltan en el cuentakilómetros son datos que no me dicen nada, que no responden a la urgencia de mis preguntas sobre qué estará haciendo Y en este momento, qué estará pensando. ¿Tenía intención realmente de llamar a Z o era sólo una amenaza lanzada así, por despecho? Si hablaba en serio, ¿lo habrá hecho inmediatamente después de nuestra conversación, o habrá querido pensarlo un momento, dejar que se calmara la rabia antes de tomar una decisión? Z vive en A, como yo; está enamorado de Y desde hace años, sin éxito; si ella lo ha telefoneado invitándolo, seguro que él se ha precipitado en el coche a B; por lo tanto también él corre por esta autovía; cada coche que me adelanta podría ser el suyo, y suyo cada coche que adelanto yo. Me es difícil estar seguro: los coches que van en mi misma dirección son dos luces rojas cuando me preceden y dos ojos amarillos cuando los veo seguirme en el retrovisor. En el momento en que me pasan puedo distinguir cuando mucho qué tipo de coche es y cuántas personas van a bordo, pero los automóviles en los que el conductor va solo son la gran mayoría y, en cuanto al modelo, no me consta que el coche de Z sea particularmente reconocible.



Como si no bastara, se echa a llover. El campo visual se reduce al semicírculo de vidrio barrido por el limpiaparabrisas, todo el resto es oscuridad estriada y opaca, las noticias que me llegan de fuera son sólo resplandores amarillos y rojos deformados por un torbellino de gotas. Todo lo que puedo hacer con Z es tratar de pasarlo, no dejar que me pase, cualquiera que sea su coche, pero no conseguiré saber si su coche está y cuál es. Siento igualmente enemigos todos los coches que van hacia A; todo coche más veloz que el mío que me señala afanosamente en el retrovisor con los faros intermitentes su voluntad de pasarme provoca en mí una punzada de celos; cada vez que veo delante de mí disminuir la distancia que me separa de las luces traseras de mi rival me lanzo al carril central con un impulso de triunfo para llegar a casa de Y antes que él.



Me bastarían pocos minutos de ventaja: al ver con qué prontitud he corrido a su casa, Y olvidará en seguida los motivos de la pelea; entre nosotros todo volverá a ser como antes; al llegar, Z comprenderá que ha sido convocado a la cita sólo por una especie de juego entre nosotros dos; se sentirá como un intruso. Más aún, quizás en este momento Y se ha arrepentido de todo lo que me dijo, ha tratado de llamarme por teléfono, o bien ha pensado como yo que lo mejor era acudir en persona, se ha sentado al volante y en este momento corre en dirección opuesta a la mía por esta autovía.



Ahora he dejado de atender a los coches que van en mi misma dirección y miro los que vienen a mi encuentro, que para mí sólo consisten en la doble estrella de los faros que se dilata hasta barrer la oscuridad de mi campo visual para desaparecer después de golpe a mis espaldas arrastrando consigo una especie de luminiscencia submarina. El coche de Y es de un modelo muy corriente; como el mío, por lo demás. Cada una de esas apariciones luminosas podría ser ella que corre hacia mí, con cada una siento algo que se mueve en mi sangre impulsado por una intimidad destinada a permanecer secreta; el mensaje amoroso dirigido exclusivamente a mí se confunde con todos los otros mensajes que corren por el hilo de la autovía; sin embargo, no podría desear de ella un mensaje diferente de éste.



Me doy cuenta de que al correr hacia Y lo que más deseo no es encontrar a Y al término de mi carrera: quiero que sea Y la que corra hacia mí, ésta es la respuesta que necesito, es decir, necesito que sepa que corro hacia ella pero al mismo tiempo necesito saber que ella corre hacia mí. La única idea que me reconforta es, sin embargo, la que más me atormenta: la idea de que si en este momento Y corre hacia A, también ella cada vez que vea los faros de un coche que va hacia B se preguntará si soy yo el que corre hacia ella, deseará que sea yo y no podrá jamás estar segura. Ahora dos coches que van en direcciones opuestas se han encontrado por un segundo uno junto al otro, un resplandor ha iluminado las gotas de lluvia y el rumor de los motores se ha fundido como en un brusco soplo de viento: quizás éramos nosotros, es decir, es seguro que yo era yo, si eso significa algo, y la otra podría ser ella, es decir, la que yo quiero que ella sea, el signo de ella en el que quiero reconocerla, aunque sea justamente el signo mismo que me la vuelve irreconocible. Correr por la autovía es el único modo que nos queda, a ella y a mí, de expresar lo que tenemos que decirnos, pero no podemos comunicarlo ni recibirlo mientras sigamos corriendo.



Es cierto que me he sentado al volante para llegar a su casa lo antes posible, pero cuanto más avanzo más cuenta me doy de que el momento de la llegada no es el verdadero fin de mi carrera. Nuestro encuentro, con todos los detalles accidentales que la escena de un encuentro supone, la menuda red de sensaciones, significados, recuerdos que se desplegaría ante mí -la habitación con el filodendro, la lámpara de opalina, los pendientes-, las cosas que yo diría, algunas seguramente erradas o equivocas, las cosas que diría ella, en cierta medida seguramente fuera de lugar o en todo caso no las que espero, todo el ovillo de consecuencias imprevisibles que cada gesto y cada palabra comportan, levantaría en torno a las cosas que tenemos que decirnos, o mejor, que queremos oírnos decir, una nube de ruidos parásitos tal que la comunicación ya difícil por teléfono resultaría aún más perturbada, sofocada, sepultada como bajo un alud de arena. Por eso he sentido la necesidad, antes que de seguir hablando, de transformar las cosas por decir en un cono de luz lanzado a ciento cuarenta por hora, de transformarme yo mismo en ese cono de luz que se mueve por la autovía, porque es cierto que una señal así puede ser recibida y comprendida por ella sin perderse en el desorden equívoco de las vibraciones secundarias, así como yo para recibir y comprender las cosas que ella tiene que decirme quisiera que sólo fuesen (más aún, quisiera que ella misma sólo fuese) ese cono de luz que veo avanzar por la autovía a una velocidad (digo así, a simple vista) de ciento diez o ciento veinte. Lo que cuenta es comunicar lo indispensable dejando caer todo lo superfluo, reducirnos nosotros mismos a comunicación esencial, a señal luminosa que se mueve en una dirección dada, aboliendo la complejidad de nuestras personas, situaciones, expresiones faciales, dejándolas en la caja de sombra que los faros llevan detrás y esconden. La Y que yo amo en realidad es ese haz de rayos luminosos en movimiento, todo el resto de ella puede permanecer implícito, mi yo que ella, mi yo que tiene el poder de entrar en ese circuito de exaltación que es su vida afectiva, es el parpadeo del intermitente al pasar otro coche que, por amor a ella y no sin cierto riesgo, estoy intentando.



También con Z (no me he olvidado para nada de Z) la relación justa puedo establecerla únicamente si él es para mí sólo parpadeo intermitente y deslumbramiento que me sigue, o luces de posición que yo sigo; porque si empiezo a tomar en cuenta su persona con ese algo -digamos- de patético pero también de innegablemente desagradable, aunque sin embargo -debo reconocerlo-, justificable, con toda su aburrida historia de enamoramiento desdichado, su comportamiento siempre un poco esquivo... bueno, no se sabe ya adónde va uno a parar. En cambio, mientras todo sigue así, está muy bien: Z que trata de pasarme se deja pasar por mi (pero no sé si es él), Y que acelera hacia mí (pero no sé si es ella) arrepentida y de nuevo enamorada, yo que acudo a su casa celoso y ansioso (pero no puedo hacérselo saber, ni a ella ni a nadie).



Si en la autovía estuviera absolutamente solo, si no viera correr otros coches ni en un sentido ni en el otro, todo sería sin duda mucho más claro, tendría la certidumbre de que ni Z se ha movido para suplantarme, ni Y se ha movido para reconciliarse conmigo, datos que podría consignar en el activo o en el pasivo de mi balance, pero que no dejarían lugar a dudas. Y sin embargo, si me fuera dado sustituir mi presente estado de incertidumbre por semejante certeza negativa, rechazaría sin más el cambio. La condición ideal para excluir cualquier duda sería que en toda esta parte del mundo existieran sólo tres automóviles: el mío, el de Y, el de Z; entonces ningún otro coche podría avanzar en mi dirección sino el de Z, el único coche que fuera en dirección opuesta sería con toda seguridad el de Y. En cambio, entre los centenares de coches que la noche y la lluvia reducen a anónimos resplandores, sólo un observador inmóvil e instalado en una posición favorable podría distinguir un coche de otro, reconocer quizá quién va a bordo. Esta es la contradicción en que me encuentro: si quiero recibir un mensaje tendré que renunciar a ser mensaje yo mismo, pero el mensaje que quisiera recibir de Y -es decir, el mensaje en que se ha convertido la propia Y- tiene valor sólo si yo a mi vez soy mensaje; por otra parte el mensaje en que me he convertido sólo tiene sentido si Y no se limita a recibirlo como una receptora cualquiera de mensajes, sino si es el mensaje que espero recibir de ella.



Ahora llegar a B, subir a la casa de Y, encontrar que se ha quedado allí con su dolor de cabeza rumiando los motivos de la disputa, no me daría ya ninguna satisfacción; si entonces llegara de improviso también Z se produciría una escena detestable; y en cambio si yo supiera que Z se ha guardado bien de ir, o que Y no ha llevado a la práctica su amenaza de telefonearle, sentiría que he hecho el papel de un imbécil. Por otra parte, si yo me hubiera quedado en A e Y hubiera venido a pedirme disculpas, me encontraría en una situación embarazosa: vería a Y con otros ojos, como a una mujer débil que se aferra a mí, algo entre nosotros cambiaría. No consigo aceptar ya otra situación que no sea esta transformación de nosotros mismos en el mensaje de nosotros mismos. ¿Pero y Z? Tampoco Z debe escapar a nuestra suerte, tiene que transformarse también en mensaje de sí mismo, cuidado si yo corro a casa de Y celoso de Z, si Y corre a mi casa arrepentida para huir de Z, mientras que Z no ha soñado siquiera con moverse de su casa...



A medio camino en la autovía hay una estación de servicio. Me detengo, corro al bar, compro un puñado de fichas, marco el afijo telefónico de B, el número de Y. Nadie responde. Dejo caer la lluvia de fichas con alegría: es evidente que Y no ha podido dominar su impaciencia, ha subido al coche, ha corrido hacia A. Ahora vuelvo a la autovía al otro lado, corro hacia A yo también. Todos los coches que paso, o todos los coches que me pasan, podrían ser Y. En el carril opuesto todos los coches que avanzan en sentido contrario podrían ser Z, el iluso. O bien: también Y se ha detenido en una estación de servicio, ha telefoneado a mi casa en A, al no encontrarme ha comprendido que yo estaba yendo a B, ha invertido la dirección. Ahora corremos en direcciones opuestas, alejándonos, el coche que paso, que me pasa, es el de Z que a medio camino también ha tratado de telefonear a Y...



Todo es aún más incierto pero siento que he alcanzado un estado de tranquilidad interior: mientras podamos controlar nuestros números telefónicos y no haya nadie que responda, seguiremos los tres corriendo hacia adelante y hacia atrás por estas líneas blancas, sin puntos de partida o de llegada inminentes, atestados de sensaciones y significados sobre la univocidad de nuestro recorrido, liberados por fin del espesor molesto de nuestras personas y voces y estados de ánimo, reducidos a señales luminosas, único modo de ser apropiado para quien quiere identificarse con lo que dice sin el zumbido deformante que la presencia nuestra o ajena transmite a lo que decimos.



El precio es sin duda alto pero debemos aceptarlo: no podemos distinguirnos de las muchas señales que pasan por esta carretera, cada una con un significado propio que permanece oculto e indescifrable porque fuera de aquí no hay nadie capaz de recibirnos y entendernos..


Italo Calvino





FIN

Fonte ; Ciudad Seva